jueves, 26 de noviembre de 2015

APUNTES SOBRE LO DICHO EN EL CONGRESO DE CULTURAS EN MOVIMIENTO


“Si hablas mueres. Si no dices nada, mueres. Así pues, habla y muere.”
Tahar Djaout
Antes de escoger una temática específica, que pudo haber sido, entre otras cosas un par de escritos como “la perdida de significación de los paradigmas culturales”, o “la negación de la innovación”, considero que era urgente una pregunta básica dentro de un congreso, específicamente el Congreso De Culturas En Movimiento.
Esa pregunta es ¿Para qué asistimos? O ¿qué hacemos ahí? Desde luego se corría el riesgo de asistir a otra de tantas veces en que uno dice lo que necesita y se ocupa de soñar y todo termina en un ejercicio de terapia psicológica. Un sacrificio más en el altar de la esperanza.
Por eso entendimos el congreso inicialmente como una Acción política de confrontación con el poder público. No porque el Estado haga cultura por sí mismo sino porque se pone una soga ideológica al cuello llamada “revolución cultural”, de la cual nos debe varias explicaciones. Penosamente, y como era natural el Ministerio abandonó sin siquiera mover un peón.
La confrontación no podía ser de otra manera más que a través de la verdad descalsa y desnuda de quienes nos ocupamos en el quehacer cultural cada día, ya sea como gestores, como público y como creadores o investigadores. Es una confrontación y no otra revolución porque la revolución se hace sin permiso. Por tanto no podíamos salir de hacer una intervención del todo discursiva y no puramente teórica. Por eso en este pequeño escrito agrupamos las ideas lanzadas en el auditorio y alguna que otra más.
Evidentemente el poder público y nosotros somos dos culturas diferentes. Ellos son la cultura de lo imposible, y está plagada de funcionarios que gracias a la ley SAFCO y otras cuidan las nalgas aplastadas en sillón de su oficina y no se atreven a nada. “No se puede” es en la mayoría de los casos la médula de su servicio público. En cambio nosotros somos la cultura de la posibilidad, la de quienes hacen de lo imposible posible, de quienes miran en un basurero elementos para una escultura, en la chatarra, en el papel, en la naturaleza, en todo lo que hay alrededor hallar una razón para los conflictos profundos y triviales del ser humano.
El tronco temático del congreso era definitivamente la ley de culturas. En lo que se engaña el poder público es en pensar que legisla para nosotros, cuando lo que nos incomoda más es tener que tener una base jurídica para soñar. La ley es para los idiotas, los que no tienen capacidad de pensar por sí mismos y que forman la gran masa de la sumisión, que justifica el gasto burocrático de un estado que se llama revolucionario e indígena y que se maneja de la manera más romana posible.
Antes de mi intervención, sazonando el menjunje post moderno, Amaru Villanueva, en representación además de un “desde el Estado”, nos dijo dos cosas interesantes. Resumidamente: Una (de lo que se pudo a medias entender), que los fenómenos culturales escapan pues a nuestro entendimiento pleno. Y segunda que no les corresponde a los artistas o actores culturales sectorizarse ni tomar partido dentro de una acción política.
En la primera, tenía plena razón, porque los fenómenos culturales tienen una dinámica propia, cuando menos en su ser intrínseco que es prácticamente incontrolable. Por eso el tema en discusión no es precisamente la cultura, sino la economía, y el ejercicio del poder desde  y hacia las culturas.
En la segunda, ha sido una afirmación osada. Porque el sector cultura (porque í existe un sector), está conformado, me animo a decir, por tres tipos de personas: las primeras a las que les vale cohete cualquier tipo de filiación, congreso, sindicato y demás. Ellos, desde luego no asistieron al congreso. Las segundas, que recién están amaneciendo a la coexistencia cultural y que piensan que nos reunimos para dibujarnos corazones en la piel (quizá hayan asistido). Las terceras, que son un montón de sindicateros parlanchines y rompebolas (grupo al que pertenezco y que inminentemente eran la mayoría de asistentes al congreso).
Entonces como el debate no se basa en un fenómeno puramente cultural sino económico y sobre todo político. Entiendo que cuando me dice que el estado trata (aunque al parecer no está tratando lo suficiente), de incluir en su política pública el problema cultural no lo consigue, y por tanto dentro de su monopolio político no tenemos la suficiente relevancia como para ser una prioridad, y como además ni siquiera, por naturaleza intrínseca, tenemos derecho a agruparnos, somos sujetos políticamente inexistentes. Por tanto sin derecho al trabajo, ni a formación, ni salud y menos vivienda.
Cuando le dije a mi querido hermano Jaime Achocalla, Vamos al congreso, me dijo: ¿congreso de artistas? Yo no conozco ninguno. Vos eres abogado, yo soy profesor, la Nelly panadera.
En resumidas cuentas me decía que esa es nuestra existencia en el mundo real. O mejor en el mundo oficial.
Políticamente, la actitud estatal solo puede ser solventada por su ignorancia. Por su carencia de referentes. Si supuestamente es un gobierno socialista sus inmediatos anteriores serían Cuba y la Unión Soviética. O si no ¿por qué Casa de las Américas o por qué  el Bolsoi? Recorriendo más, podemos encontrar a Robespiere que literalmente perdió la cabeza por la ilustración. Porque la Cultura es parte de una hegemonía política, cualidades que como pueblo y culturas, estamos en condiciones de tener una fortaleza increíble. Pero no les es familiar Alejandría. Ni siquiera, si es que mis ejemplos son muy lejanos, tienen en cuenta que la primera condición para ser Amauta era ser poeta. Y es que no somos una masa votante de interés. Por tanto en el futuro de esta época de bonanza económica solo quedaran las ruinas de su estupidez.   
Económicamente todos conocemos el despilfarro en pos de la nada. Y esto corresponde a que si existe un monopolio industrial, una multiplicación de dinero a través de las obras civiles, que además están diseñadas para que su vida útil sea lo suficientemente corta para que puedan recontratar a las empresas. Como tampoco les representamos una industria desechable, se nos soslaya.
Mucho hemos tratado en encuentros sobre estos dos aspectos y conocemos, creo varias respuestas y proposiciones que presentan soluciones. De esto nos ocuparemos seguramente en otro escrito. Sin embargo creo que les hemos creado el temor de que si se sientan en una mesa con nosotros vamos comernos como a la abuela de caperucita. Pero no les causamos preocupación. Porque no somos un sector conflictivo. En EEUU, al sentir una amenaza ideológica, cuando menos el gobierno drogaba a los hippies. A nosotros  no nos toca ni eso.
La desconfianza que tenemos a nuestros encuentros y al poder público tiene larga data. Y es solo el efecto de lo inmaduro que se arma nuestro movimiento por lo difícil que es poder unificarnos.
Creo que el principal recelo con la ley fue que se construyó mediante un cuerpo de gestores en base a telartes, por eso se propuso formar una comisión revisora de intervención inmediata, para que no exista ese temor de aprobar una ley pre-fabricada. Este recelo es el que nos impide poder crear un hueco en el sistema, porque se ha tardado mucho en conseguir las condiciones necesarias para esto.
Pero no se pierde nada. Políticamente, como siempre, nos queda la acción independiente. Económicamente, la subsistencia. Creativamente, desde luego, la posibilidad de lo imposible.
SERGIO GARECA
NOV. 2015

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